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Pedagogía

La música y sus efectos: los beneficios del aprendizaje musical

por Jordi A. Jauset25 febrero, 2016

Los orígenes de la utilización terapéutica de los sonidos y la música se remontan, posiblemente, a los de la humanidad. Hace varios miles de años, el sonido de la voz y de los instrumentos musicales ya se utilizaban en los templos de Mesopotamia para aplacar la ira de los dioses y evitar que éstos arrasaran e inundaran sus cosechas. En el antiguo Egipto, se atribuía a la música una influencia favorable sobre la fertilidad en la mujer, según consta en unos papiros médicos hallados en Kahum (1899) que datan del año 1.500 a.C. Quizás sean éstos los primeros escritos que se conservan con referencias terapéuticas de la música.

En general, a lo largo de la historia, las culturas primitivas han mantenido la creencia de que la música era un don de la divinidad y que la enfermedad era propiciada por el pecado, posesión de demonios, maldiciones de brujos y, por tanto, era un castigo de dios. En consecuencia, el enfermo estaba poseído por los malos espíritus y para aplacar a la divinidad y poder curarse, el brujo o curandero aplicaba elementos mágicos para liberarle de dichas maldiciones, siendo los sonidos y la música una parte muy importante en dichos rituales. La creencia de que la música estaba asociada a la divinidad, permaneció hasta la Edad Media e incluso persiste hoy en los pueblos y culturas aborígenes que aún sobreviven en determinadas zonas geográficas dispersas por el planeta (Jauset-Berrocal, 2008).

Otras citas históricas más cercanas, de los siglos XVII y XVIII, narran cómo la música mejoraba la depresión de los monarcas (Felipe V quién contrató los servicios del cantante de ópera Carlo Broschi) y/o el insomnio de los nobles (Conde Kaiserling, quién encargó a J.S. Bach la composición de las famosas variaciones de Goldberg). Fue en el siglo XX cuando se iniciaron los primeros estudios sobre los efectos fisiológicos de la música, observándose sus respuestas sobre la circulación, la tasa cardíaca y la frecuencia respiratoria. Los resultados indicaron, además, que  determinados patrones o secuencias musicales inducían a estados de relajación, modificando las constantes corporales y consiguiendo el alivio de determinados dolores. Sin embargo, el gran salto se produjo a partir de la década de los 80 con la aparición y desarrollo de las técnicas de neuroimagen que han permitido asentar las bases científicas de hechos que hasta entonces eran inexplicables e incluso considerados como mágicos, entre ellos, la influencia de la música en la salud física y mental.

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Música: vibración y percepción

La música, en su origen, está formada por una combinación de sonidos con un determinado ritmo, melodía y armonía. Cuando un músico está interpretando, en realidad está generando vibraciones mecánicas (acústicas) que se propagan con una determinada energía a través de las partículas del medio elástico que rodea al instrumento. Esta energía es captada por nuestro sistema auditivo, sensible a una potencia mínima de 20 micropascales y un rango de frecuencias teórico entre 20 Hz y 20.000Hz, y transducida a impulsos nerviosos o potenciales de acción, para finalmente ser interpretados como “música” en las áreas especializadas cerebrales donde tiene lugar el fenómeno de la percepción musical.

La simple escucha de música genera múltiples sensaciones (físicas, emocionales, cognitivas,…) y es el resultado de la interacción de los atributos musicales (ritmo, armonía, melodía, volumen, tempo,…) y de nuestras experiencias (formación, gustos, entorno cultural) además de los condicionantes genéticos. De ahí que el concepto “música” sea tan personal, por las numerosas variables que influyen en su percepción.

Un análisis pormenorizado de todos los cambios neurales y bioquímicos que se suceden mientras se escucha música permite considerarla como una herramienta que puede influir en determinados aspectos de la salud, de forma similar a la de un fármaco u otra terapia más convencional. Un claro ejemplo es el uso de un sonido rítmico -por ejemplo el de un metrónomo- como señal estimulante que facilita y mejora la sincronía de los movimientos de la marcha en personas con problemas de movilidad. Estos sonidos actúan influyendo en las áreas cerebrales que gestionan los movimientos motores como, por ejemplo, en los ganglios basales (Thaut, 2008).

Plasticidad cerebral y reserva cognitiva

El cerebro de los músicos es un ejemplo de plasticidad cerebral. Si analizamos todas las acciones que se ejecutan durante la interpretación musical posiblemente nos asombraremos: lectura de la partitura musical, traducción e interpretación del código musical, traslación a movimientos motores, planificación de la ejecución futura,…todo ello acompañado de una gran dosis de atención, concentración y, a la vez, emoción. Este conjunto de acciones que parecen tan simples se traducen en millones de sinapsis, sincronización de ambos hemisferios, conexiones neuronales entre áreas corticales y  subcorticales… No hay duda de que el aprendizaje musical es un potente entrenamiento que se traduce en cambios anatómicos y funcionales. Por ello, los neurocientíficos consideran a los cerebros de los músicos como un ejemplo de plasticidad pues es asumido que no existe otro arte que demande tantos recursos cognitivos como la música (Altenmüller, 2008). Las áreas más afectadas, con un aumento de volumen de materia gris, son precisamente aquellas que más demanda solicitan mientras existe el aprendizaje, es decir, el cuerpo calloso, la corteza prefrontal, auditiva  y premotora, el cerebelo, y las áreas asociativas parieto-occipito-temporales (Gaser y Schlaug, 2003).

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Estos cambios plásticos afectan, no sólo a “circuitos musicales” sino a otros comunes y compartidos con otras funciones o habilidades como, por ejemplo, las verbales. Así lo confirman algunos recientes estudios (Moreno, S., Bialystok, E., Barac, R., Schellenberg, E.G.,  Cepeda, N.J. and Chau, T., 2011).

En los últimos años se han publicado algunas investigaciones que relacionan la práctica musical profesional (con un mínimo de 10 años) con una protección a las enfermedades neurodegenerativas, dada la reserva cognitiva que supone para el individuo en cuestión (Balbag, M.A., Pedersen, N.L., and Gatz, M. , 2014). El aumento de volumen o grosor, tanto de materia gris como blanca (fibras nerviosas) que origina el aprendizaje musical será un tanto a favor ante la neurodegeneración celular, pues llegado el momento su velocidad será más lenta. Por ello hay autores que consideran el aprendizaje musical como una coraza o protección ante la temida e inevitable degeneración neuronal en edades avanzadas.

Conclusiones

La música influye en nuestra fisiología (pulso, respiración), en nuestras emociones y estado de ánimo, en nuestra cognición, y en otras  dimensiones esenciales para el ser humano, como la social. Incluso puede afectar a nuestra genética, según una reciente investigación. Este estudio, publicado el pasado año muestra como la simple escucha musical de una obra clásica (se eligió el concierto para violín nº 3 en sol mayor, K. 216, de Mozart) modifica favorablemente la expresión genética pero, únicamente en las personas con aptitudes o formación musical. Un interesante estudio que confirma las consecuencias beneficiosas, a nivel genético, que puede aportar el aprendizaje musical en las funciones cognitivas  y calidad de vida.

1Comentarios
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  • Susana
    1 abril, 2016 at 11:39

    Es muy interesante este tema, si la música se utiliza para la manipulación de las personas en tiendas, centros comerciales…. es importante saber como, para poder enseñar aprender a ontrarrestarlo, haciendo de nuestros educandos personas con un conocimiento sobre los efectos que produce en nuestro cerebro, biorritmo ….

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Jordi A. Jauset
Doctor en comunicación, ingeniero y músico. Profesor universitario (URL) Master en Psicobiología y neurociencia cognitiva. Conferenciante, divulgador científico de los beneficios de la música. Autor de "Cerebro y música una pareja saludable" www.jordijauset.es